Mi Primera Vez
19/10/2020

Creamos puentes desde las heridas, breve historia de un vínculo fortalecido


Por Zulay Melendez Perez

Habían pasado algunas semanas desde aquel día y todavía no podía parar de llorar. Había vivido una experiencia muy dura que significó un antes y un después en mi vida, pero todavía iba un día a la vez. Estaba rota en muchos pedazos y tenía delante de mí la opción –hoy digo oportunidad- de reconstruirme un pedazo a la vez y decidir cuáles de ellos quedaban atrás.

Ese día no quería levantarme de la cama, tenía los ojos hinchados por llorar y por las pesadillas que no me dejaban dormir bien. Había comenzado terapia casi antes de darme cuenta de qué había pasado, y junto a esa decisión empecé un proceso que dio pie, casi naturalmente, a revisar uno de mis vínculos más grandes e importantes: con mi mamá.

Les puedo contar que ella es decidida y, sin dudas, la persona más fuerte que conozco. Siempre me ha acompañado pero sentía que no me permitía estar triste o decaída y justo esos días era lo único que podía sentir. Parte de mí pensaba que tenía una armadura muy fuerte que muchas veces me hacía sentir distante.

Pero algo cambió ese miércoles, cuando de nuevo se acercó para saber si podía animarme a salir de la cama y yo, desde debajo de mi cobija, queriendo permanecer ahí, decidí sentarme y hacerle un espacio en la cama. En ese instante, solté entre lágrimas todo lo que pasaba por mi mente y que seguía doliendo mucho; pero ese día, a diferencia de otros, no me dio consejos ni intentó subirme el ánimo, y solo me contó sus historias, permitiéndome conocerla mucho más.

Cada historia sobre distintos momentos de su vida me explicaba de dónde venía eso que yo llamaba armadura. En ese momento pude ver que su fortaleza no era una armadura, sino la mayor evidencia de sus heridas. Era como si hubiese creado encima de ellas una capa de piel mucho más gruesa, para poder seguir adelante. Y así se hizo más fuerte.

Mientras la escuchaba, había dejado de llorar poco a poco pues mi atención estaba completamente en ella y en ese momento. Yo, que estaba viviendo mi propio proceso de sanación, me di cuenta que era privilegiada porque muchas mujeres no habían podido tener esa suerte. Con cada historia que me regalaba escuchaba a una mujer que había pasado por lo mismo, pero a quien la sociedad patriarcal no la había dejado abrazar sus heridas e hizo que las ocultara.

Aunque eran días difíciles sabía que estaba sanando, que estaba reconociendo mis heridas y aprendiendo a abrazarme con más amor que nunca, y ahí junto a ella, escuchándola, también me estaba hallando en las suyas y las abracé como si fuesen mías. 

Si alguien más hubiese estado ahí, solo hubiese visto a dos mujeres, una mayor que la otra, sentadas en la cama de una pequeña habitación iluminada con el fuerte sol de aquella tarde. Pero para mí, ya no éramos solo ella y yo en esa habitación, éramos cientos y miles de mujeres. Porque me di cuenta que cuando no nos dejan ver nuestras heridas, no podemos ver las de otras para darnos cuenta de este sistema cargado de violencia hacia nosotras. Porque esa siempre ha sido su mejor arma.

Nos abrazamos entre lágrimas y sentí un gran alivio. Me preguntó si quería algo de comer y le dije que sí, luego de eso salió de la habitación y el día siguió su curso. Había mucho para procesar todavía pero luego de esa vez, algo importante cambió en mi relación con mi mamá. 

Después de 5 años, entiendo lo significativa que fue esa conversación. Ella sigue siendo un ejemplo de fortaleza y hoy veo nuestras heridas como puentes que nos acercan.

 

Imagen:@Lluviavelandia