Partenón. Estructuras patriarcales que comprometen la estabilidad institucional en la justicia. 
24/11/2021
¡Qué no sean sólo cifras, qué no sean sólo letras!
24/11/2021

Nos violentan y nadie dice nada.
La violencia en los espacios de poder. 


Por Belén Yanacón.

 

Imagen:@marlenelievendag

A una mujer que trabaja conmigo, en un proceso de selección para acceder a un cargo público bastante importante, le hicieron algunas preguntas que no estaban relacionadas con el puesto al que aspiraba. Entre otras preguntas un tanto polémicas, una fue si tenía hijes y otra si estaba casada. 

Cuando contestó que sí tenía hijes pero que estaba divorciada, la próxima pregunta, que en realidad se hizo a modo de cuestionamiento, fue cómo iba a hacer con su hijes si el cargo le requería tanto tiempo de dedicación. Prácticamente, por las palabras que utilizaron y las formas en las que se expresaron, la trataron de “mala madre” por querer crecer en su carrera.

La entrevistadora, mujer cis aparentemente, estaba acompañada por otra persona, que lógicamente no intervino ante esas preguntas y esos cuestionamientos.

En otro caso, en una reunión de tres personas, dos hombres y una mujer, uno de ellos (un asesor) la maltrató verbalmente de forma muy violenta a ella (una autoridad) y el tercer participante (otra autoridad) no hizo nada, sólo se quedó escuchando y frente al reclamo de ella para que interviniera, trató de “bajar el tono” de la discusión muy tibiamente pero en ningún momento contradijo o puso en jaque la actitud de esa persona.

Como dije antes, se viven a diario en los distintos ámbitos públicos de poder, y quienes no intervienen y juegan el papel de merxs espectadorxs, se vuelven cómplices del ejercicio de esa violencia.

Esa violencia invisible (o más bien naturalizada) impacta directamente en la autoestima y en la construcción de la subjetividad de las mujeres

Parece mentira que en el año 2021, con los avances de los movimientos feministas y transfeministas, sigamos sufriendo el hostigamiento y las trabas para acceder a cargos representativos y de toma de decisión, que se nos cuestione por quitarle horas de dedicación a nuestras tareas de cuidado y que se nos ningunee porque piensan que no podemos enfrentar la presión que requieren ciertas posiciones jerárquicas. 

En educación, las mujeres igualan o superan a los hombres en el máximo nivel educativo obtenido, incluso si vemos las estadísticas respecto a los ingresos propios, el porcentaje de mujeres que no los tiene se encuentra reducido. La brecha salarial, si bien sigue existiendo y es grande, mínimamente se ha reducido. Como vemos, pareciera haber una mejora general de los indicadores, en mayor o menor medida, gracias a la lucha de las últimas décadas. Pero hay uno de los indicadores que no baja: el de la violencia ejercida hacia las mujeres. 

Que los varones hayan ocupado históricamente los espacios públicos de poder mientras que las mujeres estaban en sus hogares, sirve como telón de fondo para muchas de las creencias que aún se sostienen. Y lidiar con esos sesgos no es fácil y no es posible hacerlo de manera intiuitiva, requiere de una modificación no solamente en la crianza y la educación, sino también en las lógicas de poder que se reproducen en ciertos ámbitos. Empecemos por alzar la voz y hacernos cargo de la complicidad que hemos sostenido por años. Construyamos vínculos libres de abuso patriarcal, que nos pongan en el lugar de pares. Cuestionemos las actitudes violentas que se nos presentan diariamente y esos “micromachismos” que siguen calando hondo en nuestras subjetividades.

El techo de cristal sigue estando ahí, invisible, pero marcando el límite de nuestras carreras y relegándonos en el camino hacia la apropiación de espacios de poder. Avanzar en ese sentido requiere, principalmente, el compromiso de los mismos varones de cuestionar sus privilegios, desafiar las estructuras, las creencias y las prácticas que sostienen esas violencias, que perpetúan las inequidades existentes.